En Murano, el vidrio se reconoce incluso por el sonido

Giacomo Berto • May 22, 2026

Cuando era pequeña, lo que más me impresionaba de Murano no eran los escaparates. Era el sonido de los hornos.


Mi tío tenía un amigo vidriero cerca de Fondamenta dei Vetrai y, de vez en cuando, nos llevaba a visitarlo. Bastaba con abrir la puerta del horno para sentir inmediatamente el calor, escuchar el metal apoyado sobre la mesa de trabajo, las herramientas y el vidrio girando lentamente mientras tomaba forma.


Murano siempre ha tenido una atmósfera distinta al centro de Venecia. Más auténtica, más ligada al trabajo. Por la mañana, los bares se llenaban temprano de vidrieros, los horarios de los vaporetti parecían casi turnos de fábrica y muchas familias habían vivido alrededor de los hornos durante generaciones.


Mi abuela siempre decía que reconocía a quienes trabajaban el vidrio por sus manos. Gastadas, rapidísimas, precisas incluso en los gestos más simples. De niña me parecía una frase extraña, pero con el tiempo empecé a entenderla.


Lo que todavía me gusta hoy es cómo Murano cambia completamente al caer la tarde. Cuando los grupos se van, quedan los canales silenciosos, algunos vecinos sentados frente a sus casas y las luces reflejándose sobre el agua. Es en ese momento cuando la isla vuelve a parecerse al Murano que recordaba de pequeña.



Si quieres vivir Murano de verdad, aléjate de las calles principales y escucha la isla. Es la mejor manera de recordarla: no solo por los objetos expuestos en los escaparates, sino por esa atmósfera hecha de fuego, agua, manos expertas y pequeños sonidos que todavía forman parte de la vida cotidiana de la isla.

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